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En los países desarrollados, las características de los menores más propensos a caer en las redes de pornografía infantil generalmente dependen de componentes psicológicos: se creen diferentes, sienten una autopercepción de poca credibilidad para los demás y escasa confianza en los otros niños.

En los países en vías de desarrollo, las razones están más relacionadas con el ámbito económico y la escasez de medios.

Si en un principio la mayoría de los menores utilizados para elaborar contenidos sexuales provenían del sudeste asiático, en la actualidad esta situación se ha ampliado a países del este de Europa y América Latina.

· Consecuencias psicológicas: Sólo el 20-30% permanecerá estable emocionalmente después del suceso. Entre el 17 y el 40% sufre patologías clínicas claras. Entre el 27 y el 40% muestran exceso de curiosidad o precocidad sexual, y puede acabar cayendo en redes de prostitución.

· Problemas interpersonales: desconfianza relacional con los adultos, inestabilidad emocional, vergüenza excesiva, autoestima gravemente dañada, ansiedad, miedo, estigmatización, culpabilidad o depresión.

· Comportamiento: conductas antisociales, agresividad, conflictos con la familia y los amigos, aislamiento y consumo de drogas. En la vida cotidiana: terrores nocturnos, problemas de alimentación, concentración y rendimiento escolar, dificultades de aprendizaje...

· Conducta sexual: trastornos de la identidad sexual, comportamientos y lenguaje sexuados impropios de su edad, masturbación exagerada, e intentos de agresión a otros menores.

A los menores les resulta complicado dar a conocer las vejaciones a las que han sido sometidos por el miedo a la reacción de su entorno, el temor a no ser creídos y la sensación de haber provocado o facilitado el abuso. Cuando un menor acude a una consulta de psicología para ser tratado por abusos sexuales, el primer problema que puede aparecer es que el terapeuta sea rechazado por el mero hecho de ser adulto.